La visibilización del problema de los abusos en la infancia tiene una historia relativamente breve por parte de los profesionales que trabajan con niños. Hasta no hace mucho tiempo, los relatos de los niños acerca de abusos sufridos, se interpretaban comúnmente, como fruto de la fantasía del pequeño y, sobre todo cuando se trataba de incesto, se lo vinculaba más bien a elaboraciones producto de la dificultad del niño para distinguir entre realidad y sus propios deseos sexuales. Las consecuencias de esta mirada fue que la mayor parte de los abusos sexuales en la infancia pasaron inadvertidos, cuando no negados.
En los últimos años, esta escena ha comenzado a cambiar, volviéndose la comunidad más sensible al problema de los abusos, inclinándose cada vez más a creer al niño, a la vez que se intenta actuar en consecuencia. Pero este viraje producido, tanto en lo público como en lo profesional, con respecto a los abusos sexuales, es más la consecuencia de los fuertes debates ideológicos y científicos en torno a la sexualidad, la victimización y el poder, que fueron descubiertos y desarrollados por el feminismo. Desocultar el abuso sexual a niños y adolescentes ha sido uno de los efectos de este movimiento político-social y subjetivo, que aborda la cuestión de los derechos de la mujer y de los niños, que logró desenmascarar la hegemonía del poder masculino en la mayor parte de los escenarios sociales. Como resultado de esta nueva mirada y nuevos posicionamientos, las denuncias de abuso sexual en niños y adolescentes, en los últimos explotan cual volcán en erupción.
En general, se ha venido sosteniendo que las mujeres y las niñas de entre 8 y 15 años son las principales víctimas de los delitos sexuales. Sin embargo, en este último tiempo se han incrementado las denuncias de varones. De igual modo aparecen adolescentes víctimas de un particular tipo de abuso, como la explotación de menores con fines sexuales (sacarles fotos, filmarlos).
Es necesario continuar y profundizar las tareas de prevención, sabiendo lo importante que resulta realizar la denuncia lo más pronto posible. Si no se habla duele más, es nuestro lema. Sin embargo, a medida que generamos demanda, tenemos que aumentar la capacidad de respuesta profesional al problema. Es decir, aumentar los servicios y el personal capacitado para ello, de lo contrario, estamos favoreciendo la iatrogenia (tratamiento correcto, pero sin el resultado esperado). El tratamiento psicológico es un paso imprescindible en la recuperación de las víctimas. El tratamiento implica un proceso de "desprendimiento" del recuerdo de la escena penosa, disminuyendo así los efectos negativos del abuso (culpa, vergüenza, humillación) que muchos autores denominan "terror sin nombre". Sólo permitiéndole su expresión, y especialmente con la denuncia, disminuye esta sensación de desamparo.